Más allá de los recuerdos de infancia sobre la película de Albert Lewin, protagonizada por Donna Reed, Angela Lansbury, Hurd Hetfield y George Sanders, y que se refieren exclusivamente al momento en que es mostrado el horrendo retrato de Dorian Gray, la novela ha supuesto un nuevo reencuentro con un clásico de la literatura, espacio de las letras en el que me siento más a gusto.
Escrito de manera magistral, Oscar Wilde, con el cinismo ácido de quien se sabe impropio de la época en la que le tocó vivir, nos describe una sociedad inglesa hipócrita, superficial, cruel, tétrica y colorida a la vez; espléndida en sus detalles en todo caso.
De la mano de su protagonista, Dorian Gray, quien cautivado por la belleza de su propia juventud, pacta con el diablo por conservarla a cambio de la bondad de su alma, y de Lord Henry, guía espiritual de aquél, personaje cínico donde los haya, Wilde nos invita a recorrer el proceso de corrupción de un ser humano adicto al placer de los sentidos como medio para lograr la plenitud personal.
El texto está plagado de sentencias y una filosofía de la vida, fundamentalmente de labios de Lord Henry, que hoy sería tachada, al menos, de políticamente incorrecta, pero que adquiere su sentido si pensamos en las inquietudes (por llamarlas de algún modo) que la condición de homosexual de Oscar Wilde le hizo sufrir, tormento que reflejó de una u otra manera en sus escritos.
Una gran novela sobre el conflicto humano, que resulta intemporal o, lo que en mi opinión es lo mismo, eternamente actual.





