miércoles, 28 de diciembre de 2011

El coronel Chabert

Terminé de leer El coronel Chabert, de Honoré de Balzac.

Preciosa historia sobre un coronel que es dado por muerto durante una batalla napoleónica. Enterrado vivo en una fosa común de la que sale, el coronel, que hasta entonces había gozado de los más altos honores, ve como su vida, su esposa, su riqueza y sus títulos le son arrebatados.

Una magnífica novela sobre la bondad, el honor pero también sobre la ruindad y la ambición.

Balzac, como siempre, un genio.

En busca del tiempo perdido 4, Sodoma y Gomorra

Terminé de leer En busca del tiempo perdido 4, Sodoma y Gomorra, de Marcel Proust.

Cuarta aventura de leer de este homenaje descomunal a la memoria que es En busca del tiempo perdido. Y, al igual que las anteriores, y tal como seguro que serán las siguientes, es un enorme deleite recorrer las más de seiscientas páginas sin puntos y aparte de esta novela.

Nuestro joven protagonista, un tanto egoísta, todo hay que decirlo, pero no por ello menos atractivo, nos habla más del Barón de Charlus, un aristócrata homosexual, que de sí mismo, al mismo tiempo que anda preocupadísimo por las inclinaciones lésbicas de su compañera Albertina. Sí, es cierto, Sodoma y Gomorra pivota en torno al "vicio", como se conceptualiza en el texto, de la homosexualidad, teniendo en cuenta que está ambientada a principios del siglo XX.

En cualquier caso, la lectura de Proust es maravillosa, todo un placer recorrer con la vista su impresionante capacidad para describir cada paisaje y cada gesto, sin perder ni el más mínimo detalle. Hay que tener muchísimo talento para lograr algo así. Quizá, es por eso que En busca del tiempo perdido es una obra cumbre de la literatura.

No apto para quienes buscan una lectura fácil y rápida. Creo que Proust habría tenido serios problemas para encontrar editor en estos tiempos.



miércoles, 14 de diciembre de 2011

La invención de la soledad

Terminé de leer La invención de la soledad, de Paul Auster.

Recomedada su lectura por Enrique Vila-Matas, cuyos ensayos sigo al día, me enfrasqué en esta lectura. Auster divide el libro en dos partes bien diferenciadas. La primera es un retrato de su padre una vez muerto, un recorrido por la figura de un hombre que siempre sintió distante, como un extraño, al mismo tiempo que su recuerdo desentraña emociones profundamente aferradas a su condición de hijo. Resulta un ejercicio espiritual más para sí mismo que para los lectores, pero es de agradecer que haya querido compartirlo con nosotros. Es como un exorcismo por escrito.

La segunda parte, es un recorrido nemónico sobre el propio Auster, eso sí, relatado en tercera persona, en un intento de mostrar, de mostrarse, como un ser ajeno para de ese modo facilitar el ejercicio de memoria. Lo adereza con comentarios sobre libros y autores, desde el Pinocho hasta la Biblia que resultan de lo más pertinente en este esfuerzo por recuperarse.

Si la primera parte, la dedicada al padre está realmente dirigida al propio Auster, la segunda lo está a su hijo Daniel.

Muy sensitivo.

Vértigo

Terminé de leer Vértigo, de W. G. Sebald.

Otra verdadera aventura de leer de Sebald, para mí la mejor prosa del siglo XX. Me encanta hasta la indecible. Leerle es como navegar en una barca por un plácido lago mientras otro en el que confiamos plenamente rema.

Tiene tal cuidado al elegir las palabras que ninguna está de más ni se echa en falta otras. Y lo hace de un modo aparentemente fácil, casi descuidado. Nada desentona. Se podría caminar sobre la alfombra de sus frases con la absoluta certeza de que jamás se tropezaría porque nada sobresale ni nada se hunde.

Vértigo es su primera novela. En ella el protagonista es un caminante, un viajero que procura emplear sus piernas para ir de un lado al otro, aunque debe utilizar el tren y el autobús para mayores desplazamientos. Y mientras camina, nos invita a compartir sus pensamientos, sus conocimientos sobre el arte y la historia que destila el paisaje a su paso. Hasta que llega a su pueblo natal, donde hace treinta años que no pone pie. De ese entrañable lugar nos muestra sus gentes, sus pequeñas historias, sus tragedias, sus grandezas.

El vértigo proviene de las ansiedades, que son unas cuantas del viajero, una fobia que supera simplemente, y nada menos, que dando un paso detrás de otro, pensando en ello lo suficiente para describirnos sus sensaciones, pero sin recrearse en la dolencia, como no se puede hacer de otro modo en esta vida.

Sebald convierte el viaje en literatura y, aunque sea fácil el simil, la literatura en viaje. Lo hace de un modo fluido, suave, sin ninguna estridencia. Una mochila en la espalda y bellos pensamientos en ella.

El narrador del texto se llama W. G. Sebald pero es un personaje de ficción porque ficción es lo que narra. Al mismo tiempo, es un personaje sólidamente construido, un solitario con problemas de sueño, un punto agorafóbico y aspecto siempre de extranjero. Muy sugerente.

La muerte de este gran autor en un accidente de automóvil nos privó de una brillante carrera literaria aunque las obras que dejó tienen una contundencia increíble.

Como siempre, maravilloso y no pararé hasta leerme entera toda su producción literaria.

martes, 6 de diciembre de 2011

El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hide

Terminé de leer El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hide, de Robert L. Stevenson.

Si de por sí es una sensación maravillosa tomar un libro y esperar de él un universo siempre diferente de aventuras, tener entre las manos uno de esos clásicos que son capaces de vencer el paso del tiempo, como en el caso del Dr. Jekyll y Mr. Hide, la aventura es sublime.

Ý aún es superable la sensación cuando se lee de primera mano, sin adaptaciones cinematográficas realizadas por alta tecnología informática, la construcción y las vicisitudes de un personaje, en realidad dos dentro del mismo cuerpo, convertido en universal como es el Dr. Jekyll y su maligna personalidad el señor Hide.

Da igual además que se sepa el final, que el cine en sus diversas versiones nos haya mostrado y deformado al ambivalente protagonista, la novela original se lee con devoción y se experimenta una emoción que no logra el celuloide.

Un texto maravilloso de manos de un autor imprescindible.

Como anécdota, me gustaría señalar que Stevenson murió de un infarto cerebral. Cuando el ataque le impactó, él se encontraba con su esposa a la que, presa de increíbles dolores, gritaba "¿En qué me estoy transformando?", como si su alma de escritor le devolviera en sensaciones lo que él imaginó para sus personajes.

Imperdonable no leer esta novela.

jueves, 1 de diciembre de 2011

La asesina ilustrada

Terminé de leer La asesina ilustrada, de Enrique Vila-Matas.

Es una novela breve del subgénero que diría yo de escritores, sobre escritores que matan a escritores después de haberles envidiado lo suficiente.

Vila-Matas partía de la idea de escribir un texto que matara a todo aquel que lo leyera. Naturalmente, no lo consigue, no al menos de un modo inmediato.

Escrita al modo de Borges, obliga al lector a poner bastante de su parte, algo de lo que el autor siempre estuvo convencido, ya que sentenciaba que tanta responsabilidad tiene en la obra el autor como el lector, argumento discutible, por supuesto y que no comparto del todo.

Escrita con seriedad y un dominio notable del lenguaje y sus estructuras, característica innegable en un autor de la entidad de Vila-Matas, es como un aperitivo si el lector desea adentrarse en su obra de ficción. La obra ensayística, muy prolija, ya es fundamental para mí.

Interesante.