Terminé de leer Dublinesca, de Enrique Vila-Matas.
Parece que me aboné a las lecturas sobre la capital irlandesa, pues mis dos últimas incluso hacen referencia a ella en sus títulos. Bien es cierto que además tienen su clara relación una y otra. Si Dublineses es obra de James Joyce, Dublinesca, aunque escrita por un catalán, descansa en gran medida en la obra joycesiana.
En Dublinesca nos metemos en el pellejo de un editor, que se autodefine como el último editor literario, que se jubila, cerrando su empresa antes de que se hunda del todo. Se adentra con ello en la crisis existencial tan frecuente en aquellos que adquieren el nuevo rol de jubilado y se enfrentan a cierto vacío, ahora que el trabajo dejó se ser su principal sostén vital. Para llenar algo de ese vacío, aunque más bien para evitar el vértigo que supone mirar hacia él, se embarca en una misión con varios amigos, escritores de su catálogo, que consiste en ir a Dublín el día del Bloomsday a celebrar un funeral por la era Guttemberg, asfixiada mortalmente por la era digital y por los criterios comerciales frente a los literarios de esta época.
Al mismo tiempo, el protagonista se debate íntimamente con la visión potente y permanente de un sueño que tuvo en el que volvía a hundirse en la bebida, después de dos años de abstinencia, en un pub irlandés, y con la frustración profesional de no haber encontrado en toda su carrera ningún joven escritor que alcanzara la categoría de genio.
Escrito al más puro estilo Vila-Matas, riguroso, cuidado, metódico, inteligente y culto, me bebí sus páginas con tal intensidad como hacía tiempo no sentía y que últimamente sólo alcanzaba con las obras de W. G. Sebald. Al mismo tiempo, en Dublinesca nos muestra gran parte del imaginario de Vila-Matas, profundamente rico y atractivo, ya que las obras de los escritores Joyce o Becket o los cuadros de Hopper llegan a formar parte de la trama.
Llegué a meterme tanto en la novela que hubo un momento en que tuve que sonreír cuando, leyendo una escena en la que el protagonista está en un pub en el que había tanto ruido que costaba seguir las conversaciones, me sorprendí leyendo mentalmente en voz alta, casi a gritos, para salvar el ruido de fondo ensordecedor del ambiente que Vila-Matas describía. Fue una sensacicón magnífica.
Hace unos meses que soy un seguidor leal de Enrique Vila-Matas, fundamentalmente de sus ensayos. La lectura de Dublinesca me confirma la buena decisión que ello supone y que le convierte en uno de mis referentes literarios.
Para amantes de la Literatura con mayúscula.
Leí la version DEBOLSILLO, del 2011, con 288 páginas.
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